Historia del Corpus Christi de Cabra

La historia del Corpus Chirsti de Cabra es una tradición eucarística con más de 450 años de historia documentada, ligada a la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada hacia 1560 en la parroquia de la Asunción y Ángeles. Durante los siglos XVI y XVII fue la fiesta más importante de la localidad, con música de ministriles, danzas del sarao y del cascabel, autos sacramentales, fuegos artificiales y curiosos personajes como el Grifo, un ser mitológico que desfilaba pese a la resistencia eclesiástica. Su joya es la custodia procesional realizada por Pedro Sánchez de Luque entre 1621 y 1626, ampliada en el siglo XVIII por Damián de Castro, considerada una de las grandes piezas de la orfebrería cordobesa. Los Seises, jóvenes acólitos músicos, acompañaron la fiesta durante siglos. Hoy, la procesión sigue recorriendo Cabra cada año, manteniendo viva esta rica herencia religiosa y cultural.

Escudo de la Hermandad del Santísimo Sacramento de Cabra Corpus Christi

Corpus Christi de Cabra

Durante siglos, el Corpus Chirsti de Cabra fue la fiesta más importante del calendario egabrense, por encima incluso de la Semana Santa. Música, danza, teatro, fuegos artificiales, personajes mitológicos y una de las custodias procesionales más valiosas de toda la orfebrería cordobesa se daban cita cada año en las calles de esta localidad de la Subbética para acompañar al Santísimo Sacramento. Hoy, más de cuatro siglos después de sus primeras referencias documentales, la procesión del Corpus sigue recorriendo Cabra, aunque con una fisonomía muy distinta a la que tuvo en su época de mayor esplendor.

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El origen universal del Corpus Christi

Para entender la fiesta egabrense conviene recordar primero de dónde procede la solemnidad del Corpus Christi en toda la cristiandad. Su origen se remonta al siglo XIII y a la figura de santa Juliana de Cornillón, una religiosa agustina nacida cerca de Lieja (en la actual Bélgica) que, desde joven, sintió una honda devoción por la Eucaristía. Según la tradición, Juliana tuvo una visión mística en la que se le mostraba la Iglesia bajo la forma de una luna llena atravesada por una mancha oscura, símbolo de la ausencia de una fiesta específicamente dedicada al Santísimo Sacramento.

Juliana trasladó esta inquietud a su confesor, el archidiácono Jacobo Pantaleón, quien años más tarde llegaría a ser papa con el nombre de Urbano IV. En 1246, el obispo de Lieja instituyó ya una fiesta diocesana en honor de la Eucaristía, y en 1264, coincidiendo además con el célebre milagro eucarístico de Bolsena —en el que una hostia consagrada comenzó a sangrar entre las manos de un sacerdote que dudaba de la presencia real de Cristo—, el papa Urbano IV promulgó la bula Transiturus de hoc mundo, extendiendo la solemnidad del Corpus Christi a toda la Iglesia. Fue el propio Urbano IV quien encargó a Santo Tomás de Aquino la redacción de los textos litúrgicos de la nueva fiesta, entre ellos el célebre himno Adoro te devote.

Desde estos orígenes centroeuropeos, la devoción se extendió con fuerza por España, donde alcanzó en los siglos XVI y XVII un desarrollo espectacular, con procesiones, custodias de plata y una enorme producción de autos sacramentales que convirtieron el Corpus en una de las grandes fiestas del Siglo de Oro español.

Los primeros pasos del Corpus de Cabra

En Cabra, la devoción al Santísimo Sacramento tiene una antigüedad notable. Todo apunta a que la Cofradía del Santísimo Sacramento pudo establecerse en torno a 1560 en la entonces iglesia mayor parroquial de la villa, conocida en la época como de Santa María y Ángeles (la actual parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y Ángeles). A mediados del siglo XVI, esta parroquia ya celebraba con notable esplendor las fiestas del Corpus Christi.

Los documentos conservados en el archivo parroquial permiten fechar con bastante precisión los primeros testimonios. El Libro de Cuentas de Fábrica de 1560 recoge ya el salario pagado a seis hombres encargados de portar un órgano positivo o portátil durante la procesión del Corpus, un dato que demuestra que la música formaba parte esencial de la fiesta egabrense desde muy pronto. Poco después, en 1574, consta la existencia de un sochantre y un organista cuyas funciones incluían cantar e interpretar música durante la festividad, y las Cuentas de Fábrica de 1582 vuelven a confirmar la continuidad de este acompañamiento musical, además de documentar la existencia estable de seis acólitos al servicio de la iglesia, con un salario anual pagado en fanegas de trigo.

Historia del Corpus Christi de Cabra

Recorte de periodico de "La Opinión de Cabra" donde se muestra el Corpus Chirsti de Cabra de los setenta

Está documentada también, ya en el siglo XVI, la presencia de niños seises que bailaban durante la procesión acompañados por guitarra o vihuela, así como representaciones teatrales sobre el Misterio del Corpus, aunque los documentos más detallados sobre estas representaciones que se conservan corresponden ya a los primeros años del siglo XVII.

Los Seises de Cabra: cuatro siglos de música al servicio del Corpus Christi de Cabra

Uno de los aspectos más singulares y menos conocidos del Corpus Christi de Cabra es la larga tradición musical vinculada a los llamados Seises, jóvenes acólitos de la parroquia de la Asunción y Ángeles que, además de sus funciones litúrgicas habituales, recibían formación musical en la propia iglesia a través de la denominada Cátedra de Música, constituyendo durante siglos una auténtica escuela de formación al servicio del culto.

La documentación permite seguir su rastro a través de los siglos. Gracias a un recibo salarial de 1753 se conocen incluso los nombres de seis de aquellos muchachos: Antonio Ruiz, Manuel Borrallo, Joseph Pareja, Tomás Padilla, Francisco de Leyva y Joseph de Priego. Pero es en las cuentas del año 1775 donde aparece el testimonio más extraordinario: una detallada relación de gastos para la llamada “Danza de Acólitos” celebrada durante el Corpus y su Octava, que incluía la compra de seis sombreros nuevos, seis pares de medias azules de azache y zapatos a medida para cada uno de los muchachos, identificados por sus apellidos —García, Sarmiento, Caballero, León, Casado y Márquez—. El documento recoge incluso el pago a uno de ellos por tocar la vihuela durante la danza, prueba de que no se trataba de una simple coreografía, sino de una auténtica manifestación músico-coreográfica interpretada por los propios acólitos.

Con el paso del tiempo, esta figura de los Seises desapareció del ceremonial egabrense, aunque la música siguió ocupando un lugar central en la solemnización de la fiesta. Hoy, la Misa Solemne del Corpus sigue contando con una destacada participación musical, en distintos años a cargo de instituciones como el Centro Filarmónico Egabrense o la Schola Cantorum Egabrense, fundada en 2007 por el organista Manuel Calahorro con el propósito expreso de recuperar el espíritu de la antigua Capilla de Música parroquial, cuyo origen se sitúa en la primera década del siglo XVII, concretamente en las cuentas de 1609, donde aparecen ya las primeras referencias a los ministriles.

Ministriles, chirimías y sacabuches: el sonido del Corpus barroco

Durante los siglos XVI y XVII, la música del Corpus egabrense corría a cargo de los llamados ministriles, músicos que solían ser también cantores, con voces de tiple, tenor, contralto y bajo. Con frecuencia recibían el nombre del propio instrumento que tocaban: así, se habla de “chirimías” y “sacabuches” para referirse a personas y no solo a los instrumentos. Las chirimías eran instrumentos de viento de madera con diez agujeros y boquilla de lengüeta de caña, mientras que el sacabuche era una especie de trombón de varas sin teclas.

Un documento otorgado en 1603 recoge el compromiso de cuatro ministriles egabrenses —Diego Pérez de Sotomayor, Bernabé Amado, Bartolomé Medrano y Cristóbal Ruiz— para actuar en las fiestas religiosas de las principales cofradías locales, con la del Santísimo y la de la Asunción como las que más aportaban económicamente. Años más tarde, en 1611, el Concejo egabrense llegó a ofrecer condiciones especialmente ventajosas a Agustín de Carrión, un destacado maestro de chirimía, para evitar que se marchara a otra ciudad, prueba del valor que se otorgaba a contar con los mejores músicos posibles para la fiesta del Corpus Christi de Cabra. 

Danzas, autos sacramentales y teatro en las calles de Cabra

El Corpus egabrense de los siglos XVI y XVII no se limitaba a la procesión litúrgica: era también una auténtica fiesta popular, con teatro, danza y todo tipo de representaciones. Existen referencias documentales a representaciones teatrales del Misterio del Corpus ya en el siglo XVI, y los primeros documentos detallados sobre comedias representadas en la villa datan de comienzos del XVII. En 1609, el Cabildo local pagó 150 reales a los comediantes que representaron una obra en la plaza durante la octava del Corpus, y en 1624 se contrató a Cristóbal Xuárez, autor de comedias, para representar dos autos sacramentales, cobrando por ello 1.800 reales, además de trigo, vino y un carnero.

Las danzas ocupaban también un lugar central. Solían encargarse varias danzas distintas —normalmente entre tres y cuatro por año, con grupos de seis a ocho danzantes cada uno— de temática muy variada: simbólica, histórica o puramente fantástica. La Iglesia solía costear la llamada danza de los Seises, autorizada por el obispo don Francisco Pacheco, mientras que el Concejo y la Cofradía del Santísimo sufragaban las demás. Las cuentas de mediados del siglo XVII documentan con gran detalle danzas como la “del sarao” y la “del cascabel”, cuyas coloridas libreas se traían habitualmente desde Granada, así como danzas de gitanos y de moriscos que en algunos años llegaron a costar varios miles de reales.

El Grifo, un personaje pagano en una fiesta religiosa

Uno de los elementos más curiosos del Corpus barroco egabrense era la presencia, año tras año y pese a la resistencia del propio clero, de un personaje conocido como el Grifo o “alimaña”: un animal fabuloso con el cuerpo superior en forma de águila, el inferior de león y orejas de caballo, que un vecino de la localidad representaba disfrazándose de él. Aunque en las distintas culturas este ser presenta variantes, tradicionalmente se le asociaba con el demonio o con la avaricia, y su incorporación a una procesión tan solemne como la del Corpus resulta, cuando menos, llamativa para la mentalidad actual. Su presencia está documentada de forma reiterada en las actas capitulares del siglo XVII, que en 1608 llegan a justificar su salida “por la antigüedad que en esta Villa hay” de dicha figura.

Junto al Grifo, participaban también en la fiesta gigantes, vejigueros, diablillos —que formaban parte de una danza conocida como la Judiada— y todo tipo de mascaradas populares, en un ambiente festivo que convivía, no sin cierta tensión, con la seriedad propia de la celebración religiosa. No sería hasta 1692 cuando la autoridad eclesiástica prohibiera definitivamente la presencia de diablillos, mascaradas y vejigueros en la procesión, a causa de los excesos y escándalos que llegaban a producirse. Algo parecido a la famosa Tarasca de Granada

Cohetes, luminarias e “invenciones” para sorprender al pueblo con motivo del Corpus Christi de Cabra

Los fuegos artificiales y las luminarias eran también una partida de gasto habitual e importante en las cuentas del Corpus egabrense. Las cifras documentadas dan una idea de su magnitud: 800 reales en 1652, 597 reales en 1662 pagados a un vecino de Lucena, o 656 reales en 1669 al maestro cohetero Gonzalo Pinto, un mercader portugués afincado en Cabra tras casarse en la villa en 1631, cuyos descendientes continuaron también el oficio de coheteros.

Especialmente curiosas resultan las llamadas “invenciones”, ingenios escénicos que se montaban para sorprender al público durante la Octava del Corpus. Las cuentas de 1651 recogen el pago de dos mil reales por cuatro gigantes —dos hombres y dos mujeres— y cuatro animales diferentes; las de 1661 documentan una figura de Sansón y un león que arrojaba agua, así como un columpio construido especialmente para la ocasión; y las de 1662 describen un “risco” artificial levantado en la plaza con piedra, junco y un caño de agua obra de un calderero local. Todo ello da una idea de la enorme repercusión que este tipo de espectáculo tenía sobre el ánimo de un vecindario poco habituado a elementos lúdicos de tal envergadura dentro de una celebración religiosa, en una época además de fuerte represión social y religiosa, en la que cualquier desliz podía acarrear penas severas.

La joya del Corpus: la custodia procesional de Cabra

Si algo ha perdurado hasta nuestros días de todo aquel esplendor barroco es, sin duda, la custodia procesional del Corpus de Cabra, considerada una de las grandes piezas de la orfebrería cordobesa del siglo XVII. La influencia de la custodia que Enrique de Arfe realizó para la catedral de Córdoba entre 1514 y 1518 —la primera de este tipo en la diócesis— se dejó sentir en toda la provincia, dando lugar a un modelo de custodias turriformes del que Cabra participa de forma destacada. De hecho, hay constancia documental de una primitiva custodia egabrense, hoy desaparecida, ya en 1578.

Custodia del Corpus Christi de Cabra

Custodia del Corpus Christi de Cabra (Córdoba)

La actual custodia de Cabra, sin embargo, es obra del platero cordobés Pedro Sánchez de Luque, considerado el mejor representante del estilo purista en Córdoba, y fue realizada entre los años 1621 y 1626. Se trata de una pieza de estilo denominado “Felipe II” por su sobriedad constructiva, que se completa sin embargo con una magnífica ejecución técnica, destacando los elegantes pináculos u obeliscos que rematan sus esquinas, decorados con formas vegetales y coronados por figuras de ángeles, un rasgo que los especialistas consideran bastante peculiar dentro del panorama de la orfebrería andaluza.

Entre sus elementos más valiosos se encuentran el uso de esmaltes, zafiros y otras piedras preciosas, y muy especialmente el viril o fanal cilíndrico de una sola pieza, que sigue el modelo alemán introducido por Arfe y que, en España, solo comparten las custodias de Córdoba y de Cabra, constituyendo así una característica verdaderamente singular. La ornamentación de la pieza incluye relieves eucarísticos —dos del Antiguo Testamento, el sacrificio de Isaac y Moisés levantando la serpiente de bronce, y dos del Nuevo Testamento, las Bodas de Caná y la Última Cena—, acompañados de símbolos como el león, el pelícano, el cordero y el águila, además de campanillas y banderolas de plata y oro. Una curiosidad adicional: tanto la imagen que ocupa el interior del segundo cuerpo como la que remata el conjunto en su parte superior representan a Jesús Resucitado.

En el siglo XVIII, el también célebre platero cordobés Damián de Castro añadió a la custodia un basamento o peana de estilo rococó, que incorpora además un pequeño sagrario o urna eucarística. Aunque algunos historiadores del arte han debatido si este añadido aporta menos valor artístico del que pudiera parecer a simple vista, todo indica que, paradójicamente, esta intervención dieciochesca fue decisiva para la propia supervivencia de la pieza: gracias a ella, la custodia de Sánchez de Luque no desapareció con el paso del tiempo, a diferencia de lo ocurrido con la primitiva custodia de 1578.

Esta custodia se conserva hoy en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y Ángeles de Cabra, y sigue siendo la pieza central en torno a la cual gira la procesión del Corpus cada año.

Cabra, la antigua Igabrum: una ciudad con raíces cristianas profundas

El arraigo de esta devoción eucarística en Cabra no resulta casual si se atiende a la propia historia de la ciudad. Conocida en época romana como Igabrum, y posteriormente como Egabro durante el periodo visigodo —de donde procede el gentilicio “egabrense” que da nombre a este mismo espacio—, la localidad fue, ya en la Antigüedad, uno de los focos más tempranos del cristianismo en la Bética romana, y llegó a convertirse en sede de un obispado y condado visigodo entre los siglos VI y VIII cuyos límites abarcaban buena parte del sur de la actual provincia de Córdoba. Ese pasado cristiano temprano, unido después a siglos de devoción eucarística documentada desde al menos 1560, explica en parte la enorme importancia que el Corpus llegó a alcanzar en Cabra durante la Edad Moderna.

El Corpus Christi de Cabra en la actualidad

Aunque muchas de las expresiones más singulares del Corpus barroco —el Grifo, los gigantes, las danzas del sarao y del cascabel, los Seises danzantes— desaparecieron con el paso de los siglos, la festividad no ha dejado de celebrarse en Cabra. En años recientes, la Cofradía del Santísimo ha organizado un triduo previo a la celebración, con misas, exposición del Santísimo Sacramento, turnos de vela, conciertos de órgano en la parroquia de la Asunción y actos de sensibilización social, como las mesas petitorias de Cáritas que se instalan tradicionalmente durante la festividad.

Corpus Christi Cabra

La Solemnidad del Corpus Christi se celebra con una función religiosa solemne en la parroquia de la Asunción y Ángeles, tras la cual tiene lugar la procesión del Santísimo Sacramento por las calles de la ciudad, portado en la histórica custodia de Sánchez de Luque y Damián de Castro, haciendo estación en los altares efímeros instalados a lo largo del recorrido y acompañado por la Banda de Música de Cabra, una tradición sonora que se mantiene viva al menos desde todo el siglo XX. Desde el año 1992 la festividad del Corpus Christi se dejó de celebrar el Jueves de Corpus para pasarse al fin de semana, desde mediados de la década de los noventa se celebraba el sábado de Corpus, pero ya en el siglo XXI la procesión se trasladó a la mañana del Domingo de Corpus. 

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