Cada 28 de octubre, la Iglesia católica celebra conjuntamente a San Judas Tadeo y a San Simón el Zelote, dos de los doce apóstoles de Jesús. Pocos santos gozan hoy de una devoción popular tan extendida como San Judas Tadeo, invocado en todo el mundo como patrono de las causas difíciles e imposibles. Y, sin embargo, su presencia en los Evangelios es mínima: apenas una intervención directa en todo el Nuevo Testamento. Repasamos su historia, separando lo que dicen los textos bíblicos de lo que ha ido añadiendo la tradición a lo largo de los siglos.
¿Quién fue San Judas Tadeo?
Judas Tadeo nació en el siglo I en Galilea, en el seno de una familia judía. Según la tradición católica, era hijo de Cleofás y hermano del apóstol Santiago el Menor, a quien la propia Epístola atribuida a Judas menciona expresamente al presentarse su autor como "hermano de Santiago".
Esta cercanía familiar llevó también a identificarlo, según una tradición muy extendida aunque no exenta de debate entre los biblistas, con uno de los llamados "hermanos del Señor" que se mencionan en el Evangelio de Marcos, cuando los vecinos de Nazaret, sorprendidos por la sabiduría de Jesús, se preguntan entre ellos si no es el hijo del carpintero, hermano de Santiago, José, Judas y Simón. Según esta interpretación —la misma que se aplica a Santiago el Menor—, el término "hermano" reflejaría en realidad un parentesco cercano, posiblemente de primo, conforme al uso habitual de esta palabra entre los judíos de la época.

El origen de sus nombres: Tadeo, Lebeo y Judas de Santiago
Uno de los aspectos más curiosos de este apóstol es la variedad de nombres con los que aparece mencionado en el Nuevo Testamento, algo que no ocurre con ningún otro miembro del grupo apostólico. Los evangelistas Mateo y Marcos lo incluyen en sus listas simplemente como "Tadeo", mientras que en algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Mateo aparece como "Lebeo", probablemente debido a un error de transcripción entre copistas. Lucas, tanto en su Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, prefiere en cambio llamarlo "Judas de Santiago", identificándolo por su vínculo familiar.
Sobre el origen del propio apelativo "Tadeo" existen distintas hipótesis: podría proceder del término arameo que significa "pecho", en alusión quizá a un temperamento generoso o valeroso, aunque los especialistas no se ponen de acuerdo en una explicación definitiva. Lo que sí resulta evidente es el motivo por el que se popularizó el uso de estos nombres alternativos: distinguirlo, de la forma más clara posible, del otro apóstol llamado Judas, el que terminaría traicionando a Jesús.
Su único protagonismo en los Evangelios: una pregunta durante la Última Cena
De los cuatro evangelistas, es únicamente Juan quien atribuye a Judas Tadeo una intervención propia, y sucede precisamente durante la Última Cena. Mientras Jesús explica a los apóstoles que, tras su partida, se manifestará a quienes lo aman y guardan su palabra, Judas —a quien el propio evangelista se cuida de distinguir expresamente de Judas Iscariote— le pregunta por qué se manifestará a ellos y no al mundo entero. Jesús le responde reafirmando que quien lo ama guarda su palabra, y que él y el Padre harán morada en esa persona.
Este breve diálogo, el único que el Nuevo Testamento atribuye directamente a Judas Tadeo, resulta significativo porque refleja una inquietud muy humana: el deseo de comprender por qué la revelación de Dios no llega de forma evidente a todos por igual, una pregunta con la que muchos creyentes, casi dos mil años después, siguen sintiéndose identificados.
La Epístola de Judas
La tradición cristiana atribuye a Judas Tadeo la autoría de la Epístola de Judas, una de las cartas más breves del Nuevo Testamento, redactada probablemente entre los años 62 y 65. Su autor se presenta a sí mismo como "siervo de Jesucristo y hermano de Santiago".
El contenido de la carta se centra en una firme exhortación a los primeros cristianos para que permanezcan fieles a la fe recibida frente a la amenaza de ciertos falsos maestros que habían comenzado a introducir errores doctrinales en las primeras comunidades, entre ellos corrientes cercanas al gnosticismo, que llegaban a situar a los ángeles por encima del propio Cristo. El autor recurre a un lenguaje muy gráfico, comparando a estos falsos maestros con nubes sin agua o árboles sin fruto, para advertir a los fieles sobre el peligro de dejarse arrastrar por doctrinas vacías.
Presencia en Pentecostés y predicación misionera
Como el resto de los apóstoles, Judas Tadeo estuvo presente en la ascensión de Jesús y recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés. Según la tradición, dedicó los años posteriores a predicar el Evangelio primero por Judea, y más tarde por Mesopotamia y Persia, en ocasiones junto a San Simón el Zelote, con quien comparte tradicionalmente tanto los últimos años de predicación como el propio martirio y, casi dos mil años después, la misma fecha de celebración litúrgica.
El martirio de San Judas Tadeo
Según la tradición mayoritaria, Judas Tadeo fue martirizado hacia el año 65, en una región identificada de forma diversa según las fuentes como Suamir, Suanis o Edesa, en el actual Oriente Próximo. El relato más extendido sostiene que le habrían golpeado la cabeza con una maza o mazo y que, finalmente, fue decapitado con un hacha, motivo por el cual el arte sacro lo representa habitualmente sosteniendo alguno de estos dos instrumentos de martirio.

El destino de sus reliquias
De acuerdo con la tradición, los restos de Judas Tadeo fueron trasladados junto a los de San Simón hasta Roma, donde ambos apóstoles comparten sepultura hasta hoy en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Parte de sus reliquias se veneran también en otros lugares del mundo, entre ellos la parroquia dedicada a su nombre en la ciudad mexicana de Puebla, destino habitual de peregrinaciones procedentes de la capital del país.
De apóstol casi anónimo a santo de devoción masiva
Resulta especialmente llamativo el contraste entre la escasísima presencia de Judas Tadeo en los Evangelios y la enorme devoción popular que ha alcanzado con el paso de los siglos. Buena parte de este fervor se remonta a la revelación que, según su propio testimonio, recibió en el siglo XIV santa Brígida de Suecia, a quien Jesús habría animado directamente a acudir a la intercesión de Judas Tadeo para obtener favores especiales. Desde entonces, y de forma muy especial desde el siglo XX, se le venera como patrono de las causas difíciles y desesperadas, un patronazgo que comparte con santa Rita de Casia.
Esta devoción resulta especialmente intensa en México, donde cada día 28 de mes —y con especial fuerza cada 28 de octubre— miles de fieles, muchos de ellos jóvenes de barrios populares, acuden al templo de San Hipólito, en el centro de la Ciudad de México, para venerar su imagen y pedir su intercesión, en una de las manifestaciones de devoción popular más multitudinarias de todo el catolicismo latinoamericano.
Un icono fácil de reconocer
En el arte religioso, San Judas Tadeo se representa habitualmente con un medallón sobre el pecho en el que aparece el rostro de Jesús, en recuerdo de su cercanía familiar y espiritual con el Señor, y con una llama sobre la cabeza, símbolo de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. A menudo se le añade también la maza o el hacha, recordando las circunstancias de su martirio.
Un apóstol que sigue dando esperanza
La historia de San Judas Tadeo demuestra que la huella dejada en la memoria de la Iglesia no siempre guarda relación directa con el espacio que un personaje ocupa en el texto bíblico. De una única pregunta formulada durante la Última Cena y de una breve carta cargada de exhortación a la fidelidad, ha surgido con el tiempo uno de los patronazgos más invocados de todo el santoral cristiano: el de quienes, ante una situación que parece no tener salida, buscan un motivo de esperanza. Esa es, cada 28 de octubre, la herencia que sigue dejando el llamado "santo de los imposibles".
