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Vestir a las imágenes marianas “de hebrea” durante la Cuaresma es una de esas costumbres de la Semana Santa andaluza que a primera vista llama la atención: toca-dos sencillos, mantos sobrios, fajines coloridos y la supresión de joyas y oropel. Detrás del aspecto existe una mezcla de liturgia, estética, historia y decisión artística que merece un análisis sosegado. A continuación se explican sus orígenes, sus símbolos y su evolución, así como las claves por las que hoy sigue vigente en muchos templos.
Origen moderno: Ojeda y la reinvención de la imagen mariana en Cuaresma
La forma contemporánea y reconocible de la “virgen de hebrea” se atribuye, en buena medida, al bordador y diseñador sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda a comienzos del siglo XX. Fue él quien, trabajando para la Hiniesta y otras corporaciones sevillanas, planteó una vestimenta austera y simple —tocado de tul o raso, saya ceñida por un fajín y manto sin bordados ostentosos— con la intención de mostrar a María en su dimensión humana y discípula de Cristo, acorde con el espíritu cuaresmal. Esta propuesta estética se difundió rápidamente por Andalucía y se consolidó en las décadas siguientes.
¿Por qué se viste a la Virgen de hebrea en Cuaresma?
La interpretación más extendida señala tres ideas centrales:
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Humildad y sencillez litúrgica. Vestir a la Virgen sin coronas, joyas ni ricos bordados subraya el carácter penitencial de la Cuaresma: recogimiento, modestia y preparación para la Pasión. En este sentido, la indumentaria busca poner el acento en la humanidad de María, no en su realeza externa.
- La Virgen como discípula y compañera de camino. La imagen “de hebrea” remite a una mujer del pueblo que acompaña a Jesús en su camino hacia el Calvario; en vez de mostrarla como Reina triunfante, se destaca su papel de seguidora fiel y modelo de discipulado. Esto conecta directamente con la pedagogía cuaresmal.
- Referencia cultural, no arqueológica. Aunque algunos piensan que el traje reproduce literalmente la ropa del siglo I, lo cierto es que se trata más bien de una convención estética moderna inspirada por la imaginería y la simbología litúrgica que por una reconstrucción histórica rigurosa.
Virgen de hebrea en cuaresma
Precedentes y evolución histórica
Aunque la forma actual se formaliza en el siglo XX, hay antecedentes en los siglos XVIII y XIX: prácticas de simplemente cubrir o despojar imágenes en tiempo cuaresmal existían antes, como respuesta a la austeridad litúrgica propia de este tiempo. No obstante, la “fórmula Ojeda” —con fajín de colores, manto azul y saya rojiza, y el rostrillo o velo de tul— será la que marque la pauta estética reconocible en la mayoría de los casos.
Elementos habituales y su simbolismo concreto
Para vestir a la Virgen de hebrea se suelen utilizar una serie de atavíos tradicionales, que son los siguientes:
- Tocado/velo liso (tul o raso): sencillez y pudor; deja entrever el rostro como el de una mujer humana.
- Fajín a rayas: heredero de la faja de factura andaluza que Ojeda popularizó; aporta color sin lujo y recuerda la condición popular de la figura representada.
- Manto sobrio (azul o tonos oscuros): toma el lugar del manto pontifical en época penitencial; su forro blanco contrasta y sugiere pureza.
¿Por qué no todas las Vírgenes se visten de hebrea?
Existen diferencias por tradición local, tipología de imagen y sensibilidad de cada hermandad. Algunas cofradías siguen la costumbre de conservar para la Cuaresma la estética habitual de la dolorosa, otras solamente aplican rasgos de austeridad (quitar coronas o broches) y unas pocas extienden la hebrea a otros momentos litúrgicos (por ejemplo, en Navidad, para subrayar la sencillez del nacimiento). Esa variabilidad es parte de la riqueza del fenómeno.
Críticas y debates
No faltan voces que critican la conversión de la hebrea en un “disfraz” estético o que consideran que, en determinados casos, la intervención rompe la autenticidad histórica de la imagen. Otros defienden que la hebrea es una forma legítima de lenguaje sacramental: la iconografía no es solo arqueología, sino también catequesis visible para el pueblo. El balance entre conservación, estética y simbolismo litúrgico es el centro del debate.
Vestir a la Virgen “de hebrea” es una tradición con raíces modernas claras (la aportación de Ojeda), pero anclada en un discurso cuaresmal más antiguo: austeridad, identificación con el pueblo y pedagogía litúrgica. Más que un simple traje, la hebrea es un lenguaje visual que invita a contemplar a María como compañera en el camino de la Pasión: humilde, cercana y discípula. Su pervivencia depende hoy de la sensibilidad de cada hermandad y de la capacidad de la comunidad para entender el valor simbólico de lo aparentemente sencillo.

