“Nostalgias en tiempos de virus”

Por las aceras corre un viento de nostalgia contenida aunque comprendida, no asumida, pero si en cierta medida comprendida. Hemos empezado a valorar el nacimiento del azahar en los naranjos del barrio de Santa Lucía que paren cuán luces blancas de pureza la flor más hermosa del año. Casi nos conformamos con  ver algún que otro cartel de cultos en alguna pared o escaparate que nos obliga a pararnos y pensar en lo que fue y pudo ser.

Ahora añoramos el sueño de nuestra particular “Cuesta de la Asunción” dónde llegamos hasta el cielo de nuestros sentimientos más certeros, lo sentimientos de nuestra Fe. Nos han cortado de raíz, por un bien general, el despertarnos con cielos azules, puros, inconfundibles, llenos de matices, de contrastes, de ojos que aquí, cambian el verde de la esperanza por el azul.

Las volutas de nuestra imaginación nos hacen ver en la noche la sombra alargada de los capuchones negros del silencio, que enclavado en dos cruces, con dos rostros diferentes, nos hará pararnos con melancolía en el “Llanete de Santo Domingo” para mirar casi de reojo por si aún queda un hilo de esperanza.

Nos han parado en seco, sin posibilidad de asumir que el tiempo que nos devora, pueda hacernos entender lo evidente. Una última mirada a la imponente imagen del Sagrado Corazón de Termens para reconciliarnos con nosotros mismos, mientras la niebla intensa de una madrugada inexistente entre antorchas y motetes parece verse en las noches duras y solitarias que nos esperan.

La mano de aquel niño que roza los respiraderos de cualquier palio de Cabra dónde estará sino en nuestra memoria, ardiente de momentos, deseosa de atesorar recuerdos a golpe de galonería, de plata que brilla a través de los ojos inocentes de una niña en tarde de Domingo de Ramos o Jueves Santo o Sábado Santo o cualquier tarde que nuestro corazón salga a pasear sus pesares pensando en lo que podía haber sido y no fue.

Y las cruces, no las cotidianas, esas ya nos engullen, las otras, las del Señor, las que nos hacen entender que ahí van nuestros pecados indolentes. Las cruces, que tú Señor, cargas desde el Miércoles Santo al Sábado Santo en la vieja Egabro y que nosotros vemos en la lejanía de una calle cualquiera.

Tu silueta de Nazareno del Cerro, o nazareno blanco o nazareno Rey con cruz de plata jalonada de promesas y rezos incesantes. Construimos la nostalgia desde lo más profundo, hasta hoy veríamos bien tener ese pellizco dulce que nos proporciona el presagio de lluvia. Contamos las perlas del rosario en cada cirio encendido que como un espíritu imperecedero vemos en sueños subir la calle San Martín o naufragar en la calle La Cruz cuando los ojos y el drama de una Magdalena de primaveras inacabables nos ofrece un último halo de belleza cuando muere la vida en un madero de calvario y sangre.

Pero Cabra tus olores, embriagadores, cercanos, familiares, no nos prives de ellos, de eso no nos prives bajo ningún concepto. Haznos al menos ese regalo, el de a través del gusto, saborear el tiempo que no ha de llegar, la luz que solo será un destello de ángeles de oración, el olor que romperá el aire para convertirlo en nubes de incienso que profetizan la llegada del Señor.

Quiero ser ese niño inocente que aún le pregunta a su madre o a su padre si hoy es cuando sale La Pollinita, que cuando suenan los tambores o que cuando me viste de capuchón porque sus días han llegado y no se han hecho presentes. Vivimos en una nostalgia constante provocada por un virus, que además, para más “inri”, lleva el nombre de la presea soportada por las sienes de todas la reinas de Cabra.

Hazme volar por los cielos inigualables que aún nos tienes que regalar. Se bálsamo de mi corazón en la noche más oscura. Se vida mía, la esperanza azul de una nueva primavera.

Nostalgias en tiempos de virus, por Eduardo Luna Arroyo.

Director de Radio La Manigueta.

Nostalgias en tiempos de virus
virgen de la soledad cabra
Virgen de la Soledad. Fotografía Antonio Ropero.